De darme cuenta del tipo de personas que me rodean. Saber con quién puedo contar y con quien no. Para todo o para ciertas cosas. También con las que sé que nunca podré contar.
Sí, la cabezonería me puede. Y muchas veces me hace falta pegarme la ostia para darme cuenta.
Pero esta vez no ha hecho falta ostia.
Más turistas que han disfrutado del lugar, un par de fotos... y adios.
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